viernes, 14 de mayo de 2010

Rincón de lecturas: Mavis Gallant

Rincón de Lecturas es una sección de este blog para publicar textos. Incluyo hoy un cuento de la autora canadiense Mavis Gallant (1922). Mi traducción del texto original de «The Sunday After Christmas» (1967) [El domingo después de Navidad], aportado a la redacción de la revista Casa de las Américas por Keith Ellis, seleccionador de los textos, fue publicada originalmente en un número especial dedicado a Canadá (Casa, no. 220, julio-septiembre de 2000, pp. 48–51). Este cuento de Mavis Gallant fue incluido en la interesante colección de Barry Callahan: Canadian Travellers in Italy, Exile Editions, 1989.

El domingo después de Navidad

A las cuatro menos cuarto, el sol se ocultó tras una montaña. El valle se oscureció a nuestros pies como si un ave gigantesca hubiera acabado de extender sus alas. En un instante, comprendí lo que mi madre quiere decir cuando se queja de que le transmito la sensación de estar fuera del mundo animado. Nosotros dos, y la muchacha estadounidense que ella había invitado, permanecíamos en la terraza entre el telesquí y el restaurante. Pude ver, en la medida en que las luces del restaurante se hacían más intensas, cómo la muchacha miraba rápidamente, casi con melancolía, en dirección a las ventanas empañadas y la cafetera silbante.

—¿Quieren entrar? —dijo la nueva amiga de mi madre—. Hace un poco de frío, ahora que el sol se ha ocultado.

Mi madre hizo un movimiento brusco y festivo al virarse hacia mí, como si ésta fuera una de los centenares de decisiones festinadas que tomáramos juntos. Resulta extraordinario cómo, en Italia, se transforma en una inglesa excéntrica —pelo suelto, espejuelos ladeados, demasiado amistosa con el camarero a la hora del desayuno, pero inesperadamente irascible si un niño roza su silla—. «¿No viste, Harold? Esa bestezuela tropezó conmigo a propósito.» Para, una hora más tarde, estar dispuesta a contarle la historia de mi vida a la bestezuela y cómo yo era cuando tenía esa edad. Su codicia de la gente la hace querer parecer atrayente para casi cualquiera —un niño o un camarero, o esta misma muchacha, cuya carencia de encanto y de misterio hacían que me pareciera algo así como un gran cartel colorido—. Mi madre le tiene pavor a estar sola conmigo. Al final del mediodía, cuando dice de repente: «Debes sentir frío», queriendo decir que es ella quien lo siente, y lo recogemos todo y empezamos a regresar lentamente hacia el hotel, tengo la sensación de percibir su pánico. Los minutos de oscuridad entre el mediodía y la noche transcurren lentamente. Mira a hurtadillas su reloj. Se imagina que ha estado caminando junto a mí por una calle en penumbras durante años. Para llamar y retener mi atención camino a casa, comenta todo lo que ve —los parches de nieve que se conservan curiosamente suspendidos en una contraventana; la gente que esquía hasta muy tarde en las laderas distantes, semejantes a figuras hechas con fósforos; la inexpresividad de esos fósforos—. «Mira», me dice para llamar mi atención sobre las bayas rojas, el musgo verde, las hayas, un enebro, los juncos congelados en un arroyo negro, el penacho de hierba sobre la nieve. No soy un hombre viejo en una pelliza forrada de piel. No me está llevando en mi silla de ruedas. (De hecho, yo pudiera estar cargando sus esquís.) No estoy cegado por la nieve. Pero debo parecer todas esas cosas a sus ojos. Soy paralítico, anciano, estoy inmerso en la oscuridad, soy un viejo que ella divierte con las migas de la vida porque una parte de él se está muriendo, y hasta una muerte parcial debe parecerle como la de ella. «¿Por qué no me hablas?», me decía antes. Ya rebasó ese tipo se súplicas. Sabe que puedo escuchar su pensamiento, de modo que no es necesario hablar. Para responder las oraciones silenciosas en su mente, le respondo: «Sí, pero si ese viejecito se muriera, tú por lo menos estarías libre. ¿No es así?»

—Ay, Harold —me contesta—, tu padre está muerto, querido. Y nunca fue viejo.


Había llovido hasta poco antes de Navidad. Sólo había nieve profunda en las laderas más altas, marcadas difficile en el mapa de nuestro hotel. Tomábamos una telesilla hasta la misma cumbre todos los días y bajábamos a las cuatro en punto. La oí decirle a su más reciente amiga estadounidense cómo acostumbraba venir a esta aldea hacía años con mi padre y sin mí. Podía recordar carros eléctricos con la forma de botes cisne en que la llevaban a pasear cuando era pequeña. Le hubiera gustado esquiar montaña abajo hasta la aldea, pero ya casi nadie lo hacía. Las rutas de esquí eran demasiado cortas, interrumpidas por muros de piedra y limitadas por árboles muy juntos. Más abajo no había nieve, excepto en un sendero de arrieros, que era duro y helado, y que seguía el cause de un arroyo montañés. Le hubiera gustado hacer el intento, dijo, si hubiera habido alguien con quién ir. No se sentía lo suficientemente confiada como para intentarlo sola. Supongamos que se fracturaba una pierna y se quedaba tirada ahí durante horas sin auxilio. Una fractura a los cincuenta es una cosa seria. Podría no volver a caminar nunca sin cojear. Sus manos temblaban cuando ofreció lumbre para encender el cigarrillo de la muchacha y después encendió el suyo.

—Harold permanece sentado durante horas, mientras haya sol —dijo—. No siente ni frío ni calor. Quiso tener un equipo maravilloso, pero no lo usa. Ya no insisto.

La nueva muchacha, quien había dicho que se llamaba Sylvia, se quitó su gorro tejido. El pelo oscuro cayó sobre los hombros de un suéter blanco. Tenía lugar un intercambio de chismes íntimos, la alternativa de la amistad para mi madre. La muchacha dijo con mucha naturalidad: «No parece haber ningún tipo de fricción entre ustedes, pero mi madre nunca me deja en paz. A veces, he viajado con ella y no es cosa de risa. Bebe demasiado y se vuelve escandalosa. Desayuna en el bar y le hace un montón de preguntas al cantinero, cosas que nunca haría estando en casa.»

—Creo que yo soy siempre la misma —gritó mi madre, como algo que se grita en una fiesta.

—Lo siento mucho por ella —continuó la muchacha—. Necesita tener toda la vida de alguien para sí, y eso nunca lo ha tenido.

—¿Ni siquiera la de tu padre? —preguntó mi madre.

—Él la cuidó, pero no le dedicó toda su vida. Nadie tiene derecho a tener una vida adicional.

Su mirada pura y sin gracia se posó en cada uno de nosotros. Su mirada era una prédica dirigida a nosotros. Uno de los dos estaba siendo advertido. «Viví con ella durante un año después de la muerte de papá. Ahora tengo que dejarla. Vine hasta aquí para no pasar la Navidad con ella. Se tiene que acostumbrar. Es una especie de terapia de choque.»

—Bueno, eso es muy fuerte de tu parte —dijo mi madre—. ¿No es cierto, Harold? Pero, ¿en realidad te marchas pronto? ¿No puedes quedarte hasta después de la víspera de Año Nuevo? Pudiera ser que no volvieras nunca más por aquí.

Podía oírla pensando: «No te vayas. Quédate. ¿Acaso es mucho pedir que me concedas dos o tres días? Le diste un año a tu madre.»

«Amo a mi madre y tú me importas un comino», oí que la muchacha contestaba.

—No, debo regresar —respondió ella.

Mire las luces que colgaban en hileras a lo largo de la calle, y las luces que se movían lentamente del área de estacionamiento al pie del teleférico. Vi que la muchacha se estremecía, como si sintiera esa gran ala cruzar apresurada sobre el valle.

—No puedo bajar —dije.

—Claro que no puedes —dijo mi madre. Su pequeño rostro de albaricoque parecía alegre—. Vamos a bajar en el teleférico.

—Tampoco puedo bajar en la telesilla. No puedo bajar de ninguna manera —le dije.

Es el soroche —dijo mi madre mientras hacía movimientos circulares con su cigarrillo, como si quisiera mostrar lo que significa el vértigo—. Se le pasará dentro de un minuto. Sólo hay que esperar. ¡Qué molestia para ti! —exclamó, dando por sentado, por supuesto, que la muchacha no se sentiría en libertad de abandonarnos allí.

—¿No deberíamos entrar? —dijo la muchacha, atraída de nuevo por la luz cálida.

—Me temo que él querrá permanecer fuera.

—Oh, bueno, podemos tomar café de todos modos —dijo la muchacha—. Nos estamos congelando.

Entró en el restaurante y la vi apoyarse en el mostrador señalando con el dedo unas barras de chocolate y deseando no haber hablado nunca con nosotros. Un club de esquiadores de Turín llenó el lugar. Eran gente bulliciosa como monos, que ordenaba bebidas calientes y alimentos, y se peinaba frente a un pequeño espejo. Vi a la muchacha sonreírles mientras esperaba el café, pero esa gente estaba demasiado repleta de sí misma como para reparar en una extraña.

—No puedo creerlo —me dijo mi madre—. Hoy no hay nada mal en ti. Estás perfectamente bien. Estás fingiendo, fingiendo.

La voz se le quebró con su hábito de repetir la misma palabra dos veces. Estaba decepcionada como una niña con la muchacha. Traté de razonar con ella: ¿acaso Sylvia era su nombre? A mí no me parecía un nombre estadounidense. De hecho, ése era el nombre de una de mis tías. Pero ya a esa hora mi madre me había dejado solo y se había reunido con la muchacha. Sobre el mostrador había una bandeja con tres tazas. Mi madre estaba hablándole de mí: «Sabes, tuvo una experiencia insólita», le decía. «Formaba parte de un grupo de estudiantes universitarios de visita en un hospital grande. Mientras esperaban por la visita dirigida, una enfermera le dijo a Harold que aquel lugar se encontraba bajo la dirección de un médico sumamente excéntrico que llevaba a cabo experimentos en niños y jóvenes, y que Harold y sus amigos serían las nuevas víctimas. Los pacientes, cuando sobrevivían, cambiaban tanto su carácter que ya no estaban aptos para la vida en el mundo exterior. “¿No viste las cicatrices en los cuellos de los niños pequeños que están jugando fútbol allá fuera?”, le dijo la enfermera. Le aconsejó que no luchara; que no había nada que él pudiera hacer. Harold discutió a favor de su libertad. Sus argumentos se centraban en dos cuestiones: que era joven y tenía derecho a vivir, y que todavía no había decidido lo que quería hacer y necesitaba tiempo para saberlo. Le parecía imposible que la enfermera no pudiera entender eso. Ella era una persona seria, una muchacha buena. Salieron del edificio y se sentaron a discutir su vida en un banco situado frente al campo de juego. De pronto, en un segundo, estaba claro que la enfermera se había dejado convencer por los argumentos de Harold y lo había traído fuera a propósito, y, justo en el momento en que Harold lo comprendió, ella le dijo: “Corre por tu vida.” Sus reflejos eran muy lentos, pero debió de haberse sobrepuesto y sí corrió a través de los jugadores hacia la libertad y a la carretera exterior, y a su propia casa, donde estaría seguro, seguro.»

Meneó la cabeza mientras repetía la última palabra. Yo no pensé, ni supuse, ni imaginé lo que estaba diciendo. Lo sabía. Entonces debió decir: «Simula que he dicho algo gracioso», porque la muchacha se rió y todavía estaba recordando su risa cuando tomó la bandeja y me la trajo fuera.

—Estaba contándole a Sylvia —dijo mi madre— acerca de la Misa de Gallo donde tenían animales vivos y cómo el sacerdote dijo que el macho cabrío era la encarnación de Diablo y que era necesario sacarlo, y que el macho se soltó y después todos los aldeanos dijeron que habían visto al Diablo, lo habían visto realmente, con sus ojos llameantes.

—Me hubiera gustado ver eso —dijo la muchacha con una curva ascendente en la entonación, como si fuera una media pregunta, como si me estuviera dando un motivo para hablar. Ya yo estaba pensando hacer el viaje de regreso abajo y pensando sobre el ligero susurro del cable.

—Ahora él está bien —dijo mi madre.


Abajo en el valle, como era domingo, todos, excepto los visitantes, parecían solemnes y poco amables. Parecía un día contrario a la naturaleza, que era necesario vivir con ropas formales, con vestuario de fiesta. Los hombres llevaban gruesos mostachos con las puntas hacia arriba, sombreros de fieltro negro y calzones cortos. Parecían distinguidos y sosegados, y nada parecido a la idea que la muchacha se había hecho de los italianos, la oí decir. Se acercó a mi madre y repitió que antes de venir aquí no había conocido que los italianos podían ser pacientes o naturalmente elegantes, ni que tenían una clase media educada. En su mente (en realidad ni siquiera había pensado nunca en eso), había venido a un país a lo Rossellini o De Sica.

Mientras decía eso, también me estaba preguntando a mí: «¿Fue un sueño? ¿Tuviste realmente una experiencia como ésa? Si fue un sueño, ¿por qué no me lo dijo?»

—Fue una larga experiencia que duró mucho más de un año.

—¡Harold! ¡Harold! —exclamó mi madre mirando a la muchacha, no a mí.

Habíamos llegado al hotel de la joven y la larga despedida en que mi madre iba a insistir sería, a sus ojos, una amistad de un minuto más. «¿Te vas porque no hay nieve suficiente?», le preguntó. «Habrá una misa el día de Año Nuevo para rogar que nieve. Dicen que todos los propietarios de hoteles y los tenderos están contribuyendo.»

En la visión pobre y limitada que mi madre tenía de los acontecimientos futuros (de un lapso no mayor de tres o cuatro días), ella y su nueva amiga caminaban a la luz de la luna. Vega estaba brillante y azul como un diamante en el cielo del hemisferio boreal. Sus sombras eran duras y negras como si hubiesen sido cortadas con cuchillos.

—El macho cabrío, por supuesto, el macho cabrío —dije—. «No te muevas» —le dije a Mamá—. «Cuando el macho cabrío vea la cruz, seguro que va a sentir pánico.»

—Yo nunca me muevo de ningún modo —mi madre le dijo a Sylvia para prolongar la despedida—. Nada me hace moverme.

Sonrió, y aun después de que la muchacha se había alejado para siempre, mantuvo la sonrisa viva.

© Traducción del inglés por Fernando Nápoles Tapia

[En la imagen: Antonello da Messina: San Gerolamo nello studio [San Jerónimo (patrón de traductores e intérpretes) en su estudio], c. 1774–1775, óleo sobre madera.]

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