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viernes, 18 de octubre de 2013

Alice Munro

En el año 2000, me encargaron la traducción de una serie de cuentos de los autores canadienses Mavis Gallant (1922), Alice Munro (1931), Leon Rooke (1934), Alistair MacLeod (1936), David Cronenberg (1943) y Barbara Gowdy (1950). Los textos traducidos se publicaron en un número especial de la revista Casa de las Américas dedicado a la cultura de Canadá.
El cuento de Alice Munro seleccionado por los editores para representar su obra fue «El bote hallado» (The Found Boat) y se publicó en el número 220 (julio-septiembre de 2000, pp. 54–61) de esa revista literaria. [1]
La noticia de su reciente elección por la Academia Sueca para el Premio Nobel de Literatura 2013 no ha sido una sorpresa.

[1] Ver «Rincón de lecturas: Alice Munro», 30 de julio de 2010.

[Imagen: Revista Casa de las Américas, no. 220, julio-septiembre de 2000.]


viernes, 10 de junio de 2011

Rincón de Lecturas: Leon Rooke

Rincón de Lecturas es una sección de este blog para publicar textos. Incluyo hoy un cuento del autor canadiense Leon Rooke (1934). Mi traducción del texto original de “The Judge: High Plains Art” (1997) [El juez: arte de llanuras altas], aportado a la redacción de la revista Casa de las Américas por Keith Ellis, seleccionador de los textos, fue publicada originalmente en un número especial dedicado a Canadá (Casa, no. 220, julio-septiembre de 2000, pp. 76–79).

El juez: arte de llanuras altas

Me dijeron que el juez venía. Que llegaría aproximadamente a la hora del mediodía. Caminé alrededor de los arbustos de mezquite, donde dos de los muertos se desplomaron de rodillas. El otro par cayó de costado con las piernas dobladas debajo. Miré hacia la llanura, pero no veía venir al juez ni a nadie más.
—No puedo esperar aquí todo el día —dije—. Tengo asuntos que atender.
—Mejor te esperas —me respondieron—. No quieras ponerte del lado malo del juez.
—Le concederé una o dos horas —dije—. Luego me largo de aquí.
Varias horas después, el juez aún no había llegado. No había nada visible en la llanura, excepto media docena de pájaros carroñeros planeando, colgados en el cielo.
—Me voy —dije.
—Mejor no te vas —me dijeron—. Mejor piensas dos o tres veces ese asunto.
—Al diablo —dije—. Ese juez no me asusta. Es un ser humano igual que yo.
—No. No lo es —dijeron—. Es el juez.
Cerca de la hora de la puesta del sol, todavía no había aparecido. Yo había mandado un jinete a localizarlo, pero el jinete no había regresado tampoco.
Los carroñeros, descarados y a su antojo, bajaron rápidamente y dieron un picotazo o dos a los cadáveres antes de que pudiéramos espantarlos.
—Al juez no le va a gustar eso —dijeron—. Al juez no le gusta que estropeen la evidencia del hecho. Aunque no le importa tanto cuando sabe que la persona está diciendo la verdad.
—¿Cómo puede saber —pregunté— si un hombre opta por mentir?
—Lo sabe —respondieron—. Tiene un don en ese sentido.
Salí un minuto a estudiar los hombres que había matado. Tenía allí cuatro de ellos, todos malos, hechos un racimo espalda contra espalda y agrupados en dos parejas. Los había puesto de pie y le había disparado una bala en la sien al que tenía frente a mí, de modo que el proyectil atravesara la cabeza del que estaba atado a él y así poder matarlos a los dos con un solo disparo. Entonces hice lo mismo con la otra pareja. Los cuatro eran mayores que yo.
Mis balas comenzaban a escasear. Por eso lo hice así. Si el juez era un verdadero juez, no encontraría falta en eso.
Quizás él tuviera algún parque que yo pudiera comprarle.
Ésa  era una buena razón para esperarlo. Me importaba un bledo sus lados bueno o malo.
No es que no hubiera oído hablar de él y no sintiera curiosidad. Había oído hablar de él por más de un millar de millas a la redonda durante la mayor parte de los nueve meses que había pasado atravesando estas llanuras altas. De cómo nadie lo había elegido o nombrado para el cargo, de cómo no levaba ningún libro bajo el brazo o en ninguna otra parte, sino cómo cabalgó hasta los lugares donde había problemas o los había habido, había dicho que era juez, y había resuelto la cuestión de cualquier manera que se le antojase. Que si uno lo enfadaba o le expresaba su desacuerdo en su cara, entonces resolvía eso también. Se decía que había matado más de un centenar de hombres, algunos de ellos a mano limpia, antes de que la gente empezara a aceptar como una cuestión de procedimiento que él era el juez y que no había nada que hacer excepto aceptar cualquier decisión que emanara de él.
Por tanto, en ese sentido, era igual a cualquier otro juez.
Yo no estaba preocupado en absoluto. Había tenido derecho a matar a esos cuatro y, si al juez no le gustaba, iba a encontrar pelea. Con él muerto, a lo mejor me decidía a ocupar yo mismo su cargo. Sólo Dios sabe si hay dinero en el asunto, y baños con agua caliente. Y eso es algo que no iba  hacerme ningún daño.
Empecé a pensar en ese sentido y a desear que el juez viniera a ponerse de parte de los cuatro muertos para entonces verme obligado a matarme un juez, sin que hubiera ni más mal ni más bien en ello.
Me quedaban suficientes cargas de municiones para eliminarlo.
La cuestión era disparar en la dirección hacia donde esquivaría el tiro y no hacia donde estuviera.
Cuando vi que a plena media noche aún no había llegado, envié otro jinete a explorar en su busca y a apartarlo en mi dirección. Los tres hombres que quedábamos nos sentamos junto a la hoguera a beber y a contarnos historias. No perdí de vista a mis compatriotas durante todo ese tiempo, porque no confiaba en ellos. Hasta donde podía saber, sólo estaban esperando que volviera la cabeza, porque uno tenía ojos de comadreja y el otro tenía un caballo que se había quedado cojo. Había observado que el del caballo cojo miraba el mío y estudiaba los espacios vacíos en mi canana.
—Somos testigos oculares —dijo el primero, que ya estaba borracho— y yo y él le diremos al juez que hiciste exactamente lo que había que hacer cuando mataste a esos cuatro.
—Vimos el tiroteo de principio a fin —dijo uno cualquiera de los dos. Era mentira porque el tiroteo ya había terminado y los hombres estaban muertos en el momento en que el dúo había llegado.
Me sentí como debería sentirse el juez, sabiendo que mentían, y pensé matarlos allí mismo por su falsedad, pero me detuve a considerar mi escasa provisión de parque. Pensé matarlos a mano limpia, del mismo modo que lo hacía el juez, pero en vez de eso nos pasamos el porrón una y otra vez, mientras en alguna ocasión corría con un trozo de leña encendido para espantar a los carroñeros que se alimentaban en la oscuridad. Mis dos primeras víctimas permanecían todavía espalda contra espalda sentados sobre los talones como si estuvieran participando de una reunión entre indios. Los otros dos se habían virado. Uno de ellos con su sombrero aplastado y sus botas envueltas en tiras de piel de búfalo.
—Tal vez debiéramos enterrar esos muertos —dijeron mis dos compatriotas—, pero se dice que al juez le gusta tomar nota del proceso de descomposición, así que pasaría más trabajo para determinar la hora exacta en que les metiste tus balas en el cuerpo.
—Eso lo sacaría de quicio —dijo el otro de ellos.
—Así que es tan cuidadoso, ¿eh? —dije yo—. Este juez de ustedes no deja que nada se le escape, ¿no?
—Bueno, si ese es su estado de ánimo —dijeron—. Uno nunca puede saber cuál será el estado de ánimo del juez, y yo no apostaría buena plata en uno u otro sentido.
Mi caballo coceó contra el suelo y todos saltamos, aunque era sólo una serpiente de cascabel.
No dijimos nada más, sino que nos echamos a dormir un sueño ligero con un ojo abierto. Por lo menos el mío lo estaba.
Por la mañana, había un caballo sin jinete con las riendas sueltas junto a la hoguera apagada y un centenar de carroñeros donde habían yacido los cadáveres, con su carne picoteada hasta el hueso.
—Ay, Dios —dijeron mis dos compatriotas—, el juez se va a poner loco de atar cuando vea todo esto revuelto. Es probable que nos condene a todos aquí mismo y nos mate uno a uno a mano limpia como lección para todos de que no se debe desafiar su voluntad.
Ciertamente, estaban nerviosos. Durante algunos minutos susurraron calurosamente y al siguiente minuto iban galopando como diablos por la llanura alta, el caballo cojo abandonado y su jinete ahora a horcajadas en caballo bueno, aunque no en el mío. Sólo Dios lo sabe.
Los derribé limpiamente con el Winchester, sin tener otra alternativa en la cuestión. Después cabalgué a reclamar lo que ahora era mío, lo que era propiedad que se me debía, según razoné el asunto, ya que su intento de escabullirse había agotado casi lo último que me quedaba de mis municiones.
El pie de uno de ellos colgaba todavía del estribo y el caballo estaba asustadizo, pero lo calmé con  palabras suaves y palmadas en el cuello antes de poder vaciar los bolsillos del muerto y hacer un registro de sus alforjas. Pero, tal como esperaba, hubo una cosecha magra, aunque entre las pertenencias del otro encontré un medallón mexicano de oro que se dobló y al que se le hizo un agujero, y un saco repleto de baratijas envueltas en una prenda de vestir como las que usaban las mujeres hace mucho tiempo. Una pieza interior, endeble al tacto y una gloria al contemplarla, aunque muy mohosa y con las baratijas oxidadas. Por qué mi compatriota tendría esas cosas en su poder fue una sorpresa para mi mente.
Esperé por los alrededores de aquel lugar durante toda la mañana, subido en una repisa rocosa detrás de una piedra y con los caballos atados a unos postes, pero el juez no vino.
Me pregunté si todo ese asunto no habría sido tramado en el polvo de los remolinos, el juez una quimera en las mentes de esas pocas almas que uno encuentra alguna que otra vez por acá, en estas llanuras altas y desoladas.
Me pregunté si me atrevería a gastar mis últimas municiones en la muerte del caballo cojo o si debía dejar que el animal caminara detrás de mí cuando yo desapareciera, porque seguro que lo haría, seguirme mientras pudiera, hasta caer agotado para que los carroñeros bajaran de pronto y celebraran su festín.
Me pregunté si podría darme el lujo de que el caballo me siguiera, con los carroñeros en persecución. Y ¿qué ocurriría si mi propio caballo quedaba cojo? Era una posición humillante y, francamente, era al juez a quien culpaba de todo, porque, por haberlo esperado, se me habían acabado mis víveres, mi agua, mi bebida fuerte, y mi paciencia. Y ya apenas podía percibir cómo iba a viajar hasta la civilización, considerando las pocas balas que me quedaban en mi canana y con un pie dolorido por una mordida de serpiente, y con cada hombre y su hermano —incluidos los indios— buscándome para golpearme.
Todo el día vi rodar las artemisas y vi a los mezquites empañar mi visión. Sentí el calor golpear con fuerza en oleadas tan gruesas que un hombre mejor que yo hubiera ido directo al paraíso caminando sobre ellas.
Tales eran mis pensamientos cuando me largué, resentido el corazón, maldiciendo al caballo cojo, que me seguía a pesar de mis patadas en su hocico. Me parecía, después de una larga meditación, que el juez lo había planeado todo paso a paso, tomada su decisión desde lo lejos, desde el allá lejano y desconocido, condenándome por el homicidio de los cuatro hombres muertos, por no mencionar la muerte de mis compatriotas durante el vivac, y todo ello sin un trozo de evidencia y sin darme a mí la oportunidad de hablar sobre mis actos y de defender mi buena reputación.
«Ese bicho» —pensé. ¿No era ese un pobre truco para hacérmelo a mí, que nunca he puesto los ojos en su cara? Pero ¿qué se puede esperar de alguien que se llama a sí mismo juez?
Mi esperanza era poder encontrármelo un poco más adelante en cualquier lugar antes de que yo me agotara, o se agotara él y dispararle al bastardo tan pronto lo viera o él me agujerearía todo.
Entonces doblé por una curva en la meseta del Coyote Negro y allí estaba, obstruyéndome el paso, a pie, con el pecho cruzado de bandoleras, su fusil martillado y con todos los dedos anillados, la cabeza cubierta con un sombrero de ala doblada, un traje apretado como los que se usan en el Este, con la cara brillante, sonriendo como si me hubiera conocido desde mis primeros pasos, y diciéndome:
—Hijo, ¿de veras creíste que te me podrías escapar? ¿Acaso no te sumas a la opinión de que la justicia es ciega? ¿Acaso no te mofaste cuando escuchaste mi nombre? ¿Por qué no presentas ahora el alegato de misericordia del mendigo? ¿O es que prefieres tomar tu medicación con la misma pócima que tú con tanta disposición dispensas?

© Traducción del inglés por Fernando Nápoles Tapia.

[En la imagen: Antonello da Messina: San Gerolamo nello studio [San Jerónimo, (patrón de traductores e intérpretes) en su estudio], c. 1774–1775, óleo sobre madera.]

viernes, 24 de diciembre de 2010

Rincón de Lecturas: Alistair MacLeod

Rincón de Lecturas es una sección de este blog para publicar textos. Incluyo hoy un cuento del autor canadiense Alistair MacLeod (1936). Mi traducción del texto original de “To Everything There’s a Season” (1977) [Hay una estación para todo], aportado a la redacción de la revista Casa de las Américas por Keith Ellis, seleccionador de los textos, fue publicada originalmente en un número especial dedicado a Canadá (Casa, no. 220, julio-septiembre de 2000, pp. 82–86). La obra original en inglés se publicó primero en el Globe and Mail (1977), después en la colección As Birds Bring Forth the Sun and Other Stories (1984) y en To Everything There’s a Season. A Cape Breton Christmas Story por McClelland & Stewart en 2004. Me parece una buena forma de desearles: ¡Feliz Navidad!

Hay una estación para todo

Escribo aquí acerca de una época en la que yo tenía once años y vivía con mi familia en nuestra pequeña granja sobre la costa de Cabo Bretón. Mi familia se había radicado allí desde hacía mucho, mucho tiempo, y parecía que yo también. Una buena parte de ese tiempo parece pertenecer al ayer proverbial. Sin embargo, cuando escribo en este invierno de 1977, no estoy muy seguro de en qué medida lo hago con la visión de aquel en quien me he convertido desde entonces. Y no estoy seguro de cuántas libertades me habré tomado con el niño que creo haber sido. Porque la Navidad es una época tanto del pasado como del presente y, a menudo, los dos se mezclan imperfectamente. Cuando penetramos en su unidad, a menudo miramos hacia atrás.

Ahora parece ser que hemos estado esperando por siempre. En realidad, la espera ha sido más intensa desde Halloween, cuando nos cayó la primera nevada mientras andábamos, como momias envueltas, por oscuros caminos rurales. Los grandes copos entonces eran blandos, y casi generosos, y la tierra donde caían estaba todavía cálida y sin congelar. Los copos caían en silencio en los charcos y en el mar, donde desaparecían al momento de hacer contacto con el agua. También desaparecían al tocar la desnudez caliente de nuestras nucas y nuestras manos, o los rostros de los que no llevaban máscaras. Íbamos de casa en casa con nuestras fundas y tocábamos en las puertas para convertirnos en siluetas a la luz proveniente de las cocinas (fundas blancas extendidas por formas blanquecinas). La nieve caía entre nosotros y las puertas, y se transformaba en un halo dorado y trémulo. Cuando nos volvíamos para irnos, caía sobre nuestras pisadas y las borraba, mientras transcurría la noche, con todas las evidencias de nuestros movimientos. Por la mañana, todo estaba blando y tranquilo, y noviembre se había abalanzado sobre nosotros.
Mi hermano Kenneth, que tiene dos años y medio, no está muy seguro de la pasada Navidad. Halloween asoma con más fuerza en su memoria como el momento excepcional en que pudo quedarse levantado hasta tarde en medio de la oscuridad mágica y la nevada.
—¿De qué te vas a disfrazar en Navidad? —pregunta—. Yo creo que yo voy a ser un muñeco de nieve.
Todos nos reímos con lo que dice y le respondemos que Papá Noel lo encontrará si se porta bien y que no hace falta ninguna que se disfrace. Y seguimos ocupándonos de nuestras tareas mientras esperamos que ocurra.
Yo mismo me siento preocupado acerca de la naturaleza de Papá Noel y estoy tratando de aferrarme a él de cualquier manera que pueda. Es cierto que a mi edad ya no creo realmente en él; sin embargo, he puesto mis esperanzas en todas sus posibilidades todo lo fieramente que he podido. Creo que en la misma forma en que un náufrago hace señas desesperadamente a un barco que atraviesa la oscuridad en alta mar. Porque parece que sin el náufrago y sin el barco, nuestras frágiles vidas serían mucho más desesperadas.
Mi madre ha sido bastante tolerante con mi intento de perpetuarlo. Quizás porque ya ha tropezado antes con eso. Una vez la oí por casualidad cuando hablaba con una de las vecinas acerca de mi hermana Anne:
—Creí que Anne iba a creer para siempre —le dijo—. Casi tuve que decírselo.
De cierta manera, siempre he deseado no haberla oído decir eso mientras busco refugio y nuevas fuerzas, incluso en una ignorancia en la que sé que no me atrevo a confiar.
Sin embargo, Kenneth cree con puro fervor, al igual que Bruce y Barry, que son gemelos de seis años. A mí me preceden Anne, de trece, y Mary, de quince, que parecen estar abandonando la infancia a un paso alarmante. Mi madre nos ha contado que ya se había casado a los diecisiete años, cuando era sólo dos años mayor que Mary. Eso también parece extraño y quizás la infancia sea más corta para unos que para otros. A veces pienso acerca de esto por las noches, cuando hemos terminado nuestras faenas y se han retirado los platos de la cena y se supone que estamos haciendo nuestros deberes escolares. Doy un vistazo de reojo a mi madre, que siempre está tejiendo o remendando, y a mi padre, que la mayor parte del tiempo se sienta junto a la estufa tosiendo silenciosamente con su pañuelo frente a la boca. «No ha estado bien» en los dos últimos años y tiene dificultad para respirar siempre que rebasa el paso más lento. Es muy comprensivo en lo que respecta a la prolongación de mis esperanzas y dice que, siempre que seamos capaces, debemos aferrarnos a las cosas buenas de nuestras vidas. Al observarlo con el rabillo del ojo, no parece que a él le queden muchas cosas buenas. Creemos que ya es viejo a los cuarenta y dos años.
Sin embargo, la Navidad, a pesar de todas las dudas de nuestras respectivas edades, es una época buena y espléndida, y ahora, cuando rebasamos ese punto medio de diciembre, nuestras expectativas se incrementan por la frialdad creciente que se ha ido asentando sobre nosotros. El océano está plano y en calma, y se ha vuelto un lodo helado en las ensenadas cavadas por las olas a lo largo de la costa. El riachuelo que corre al lado de la casa está casi completamente congelado y sólo tiene un pequeño canal con una rápida corriente de agua que fluye por su mismo centro. Cuando dejamos que el ganado salga a abrevar, cavamos agujeros al borde del arroyo con un hacha para que puedan beber sin aventurarse sobre el hielo.
Las ovejas entran y salen de su abrigo colgadizo, pisoteando el suelo con sus patas sin descanso o apretándose unas contra otras en grupos fuertemente unidos. Es una conspiración de la lana contra el frío. Las gallinas se posan en lo alto en sus gallineros, con las plumas encrespadas en torno a sus cuerpos, sin considerar apenas que valga la pena bajar al piso para picotear los escasos granos de cereal. El cerdo, a quien le queda poco tiempo para la matanza, gruñe su desagrado del frío y con el hocico lanza el abrevadero al aire helado. El esplendido potro cocea las tablas de su establo y mordisquea la armazón de madera de su pesebre.
Hemos colocado una barrera protectora de ramas de pícea alrededor de la puerta de la cocina, y hemos amontonado más ramas y masas enrolladas de zostera marina alrededor de la casa. El agua del cubo que dejamos en la entrada amanece congelada y debemos quebrarla con un martillo. Las ropas que mi madre cuelga del tendedero se congelan casi instantáneamente, y se balancean de las pinzas de tender y crujen como si fueran las secciones de un robot desmantelado: las patas rígidas y ásperas de los pantalones, y las mangas inflexibles y entreabiertas de las camisas y los abrigos. Por las mañanas, bajamos de nuestros fríos dormitorios en el piso superior para acabar de vestirnos junto a la estufa de la cocina.
Quisiéramos llevar nuestra frialdad a medio continente de distancia, hasta los Grandes Lagos de Ontario para acelerar la llegada de la Navidad para Neil, nuestro hermano mayor. Tiene diecinueve años y trabaja en los «botes lacustres de cabotaje», esos largos transbordadores de fondo plano que acarrean cereales y mineral de hierro, y cuya temporada de trabajo concluye cualquier día después del 10 de diciembre, en dependencia de las condiciones de la acumulación de hielo en la superficie de los lagos. Quisiéramos que hiciera frío, mucho frío en los Grandes Lagos de Ontario para que Neil pueda volver a casa tan pronto como sea posible.
Sus cajas de cartón ya han llegado. Llegan desde diferentes lugares: Cobourg, Toronto, St. Catharines, Welland, Windsor, Sarnia, Sault Ste. Marie. Lugares en los que nosotros, con la excepción de mi padre, nunca hemos estado. Los ubicamos con emoción en el mapa, marcando sus contornos con nuestros dedos ansiosos. Las cajas de cartón llevan unos letreros que dicen «Línea Naviera de Canadá» y vienen atadas con cuerdas anudadas a la manera complicada de los marinos. Mi madre dice que contienen las «ropas» de Neil y que no debemos abrirlas.
Para nosotros es imposible saber cuándo y cómo llegará. Si el lago se congela temprano, puede viajar en tren porque es más barato. Si la navegación se mantiene abierta en los lagos hasta el 20 de diciembre, tendrá que viajar en avión porque su tiempo será más valioso que su dinero y tendrá que pedir que lo traigan de favor en auto desde la estación de ferrocarril o desde el aeropuerto para cubrir los últimos noventa o ciento sesenta kilómetros. Por nuestra parte, no podemos hacer nada más que escuchar con oídos tensos los informes radiales acerca de la formación de las lejanas acumulaciones de hielo. Su llegada parece depender de muchos factores que están alejados de nosotros y sobre los que no tenemos ningún control.
Los días pasan con lentitud febril hasta que, en la mañana del 23 de diciembre, un extraño auto entra en nuestro patio. Mi madre se pone la mano sobre los labios y musita un «Gracias a Dios», mientras mi padre se levanta con gesto inseguro de su asiento para mirar a través de la ventana. El hijo tan extrañado, nuestro adorado hermano mayor, ha llegado al fin. Ahí está con su pelo y su barba rojizos, y podemos escuchar su risa franca. Será feliz y fuerte y confiado para todos nosotros.
Lo acompañan otros tres jóvenes que se le parecen mucho. También trabajan en los botes de cabotaje y tratan de volver a sus hogares en Newfoundland. Aún les quedan cientos de kilómetros que manejar para poder tomar el trasbordador de pasajeros de North Sydney. El auto parece muy viejo. Lo compraron por doscientos dólares en Therold porque llegaron demasiado tarde para hacer sus reservaciones y han estado manejando sin parar desde que salieron. En la norteña New Brunswick, los limpiaparabrisas se rompieron, pero, en lugar de detenerse, le ataron unos trozos de cuerda a los brazos y los pasaron por las ventanillas delanteras. A partir de entonces, durante cualquier precipitación atmosférica uno de ellos tiraba de las cuerdas de un lado para otro para hacer que funcionasen. Esta información sale cansada, pero con entusiasmo, de sus labios, y nos amontonamos avariciosamente en torno a ellos. Mi padre les sirve tragos de ron, y mi madre saca su picadillo y las tartas de fruta que ha estado acumulando cuidadosamente. Nos recostamos en los muebles o miramos desde la seguridad de las entradas abrigadas de las puertas. Nos gustaría abrazar con fuerza a nuestro hermano, pero somos demasiado tímidos para hacerlo en presencia de extraños. En el ambiente cálido de la cocina, los jóvenes comienzan a cabecear y a adormilarse, y las cabezas se caen de repente sobre sus pechos. Se tocan ligeramente unos a otros con los pies, en un esfuerzo por mantenerse despiertos. No se quedarán a descansar porque han venido de muy lejos, y mañana es la víspera de Navidad y todavía quedan tramos de montaña y de agua entre ellos y aquellos a quienes aman.
Después que se marchan, saltamos con precipitación, física y verbalmente, sobre nuestro hermano. Él se ríe y grita, y nos eleva sobre su cabeza y nos balancea entre sus brazos musculosos. Sin embargo, a pesar de su felicidad, parece sorprenderse por el aspecto de nuestro padre, a quien no ha visto desde marzo. Mi padre simplemente le sonríe mientras que mi madre se muerde los labios.
Ahora que ha llegado, hay una gran agitación. Hemos dejado todo lo que podíamos dejar para cuando estuviese entre nosotros. Impacientes, le mostramos el abeto que hemos observado durante meses en la colina y nos maravillamos con la facilidad que lo derriba y lo carga loma abajo. Nos caemos unos sobre otros en el entusiasmo de la decoración.
Nuestro hermano nos promete que, en la víspera de la Navidad, nos llevará a la iglesia en el trineo tirado por el espléndido caballo que, hasta su llegada, todos temíamos manejar. Y, al mediodía, hierra el caballo: levanta cada casco para darle escofina, martillea las herraduras al rojo vivo para moldearlas sobre el yunque, y después las deja caer silbantes dentro de una tina llena de agua humeante. Mi padre se sienta junto a él en un cubo colocado al revés y le dice lo que debe hacer. Nosotros, a veces, discutimos con él, pero nuestro hermano siempre hace lo que dice nuestro padre.
Esa noche, envueltos en heno y en unos abrigos voluminosos, y con piedras calientes colocadas bajo nuestros pies, iniciamos el viaje. Nuestros padres y Kenneth se quedaron en casa, pero los demás fuimos. Antes de irnos, alimentamos el ganado y las ovejas, y hasta el cerdo, con todo lo que podían tragar para que estuviesen contentos en la víspera de la Navidad. Nuestros padres se despidieron de nosotros desde la puerta. Atravesamos más de seis kilómetros de camino de montaña. Se trata de un camino maderero primitivo y no se encuentran autos ni ningún tipo de vehículo en él. Al principio, el caballo estaba loco por el entusiasmo y la falta de ejercicio, y mi hermano tuvo que pararse en la parte delantera del trineo y tirar de las riendas hacia atrás. Después, el animal se acomodó a un trote y, más tarde, a un paso lento cuando la montaña comenzó a ascender bajo sus patas. Cantamos todos los villancicos navideños que conocemos y estuvimos atentos para ver las liebres y los zorros deslizarse rápidamente a través de los parches abiertos entre la nieve, y para escuchar el golpeteo de las alas de las perdices. Nunca sentimos frío.
Cuando descendimos hasta la iglesia rural, atamos el caballo en una arboleda, donde quedó abrigado y sin que se asustara por el tráfico de los autos. Le echamos una manta por encima y le dimos a comer avena. En la puerta de la iglesia, los vecinos le daban la mano a mi hermano y le decían:
—Hola, Neil. ¿Cómo está tu padre?
—Oh —les respondía. Solamente «oh».
La iglesia estaba muy bella de noche, con sus ramas con guirnaldas y las velas brillantemente encendidas, y los sonidos alegres e in crescendo provenientes de la galería del coro. Asistimos hipnotizados al servicio religioso.
De regreso a casa, aunque las piedras se habían enfriado, nos sentíamos felices y tibios. Escuchábamos el crujir de los arreos de cuero y el silbido de los patines del trineo sobre la nieve, y comenzamos a pensar en la posibilidad de los regalos. Cuando estábamos como a un kilómetro y medio de casa, el caballo presintió su destino, y pasó primero a un trote, y después a un paso largo y confiado. Mi hermano lo dejó hacer su voluntad y atravesamos el paisaje invernal como figuras extraídas de una postal de Navidad. La nieve salpicada por los cascos del caballo caía sobre nuestras cabezas como el blancor de las estrellas.
Después de acomodar el caballo en el establo, conversamos con nuestros padres y cenamos lo que nuestra madre había preparado. Entonces me siento soñoliento y llega a hora en que los niños más pequeños se van a dormir. Pero esa noche mi padre me dice:
«Nos gustaría que te quedaras levantado con nosotros por un rato», y me quedo tranquilamente con los miembros mayores de la familia.
Cuando ya todo es silencio en el piso de arriba, Neil trae las cajas de cartón que contienen sus «ropas» y comienza a abrirlas. Desata los nudos intrincados y las espirales caen entre sus dedos ágiles. Las cajas están llenas de regalos cuidadosamente envueltos y marcados con etiquetas. Las de los regalos de mis hermanos menores dicen: «De Papá Noel», pero los míos ya no se encuentran entre ellos, como ahora sé con certeza que ya no volverán a estar. Sin embargo, no me siento tan sorprendido aunque sí tocado por una punzada de dolor por encontrarme allí en el lado adulto del mundo. Es como si me hubiera mudado de habitación repentinamente y escuchase el chasquido de la puerta cerrándose a mis espaldas para siempre. Me siento hincado por mi propia pequeña herida.
Pero entonces miro a aquellos que tengo frente a mí. Miro a mis padres juntos ante el árbol de Navidad. Mi madre tiene la mano apoyada en el hombro de mi padre, mientras él sostiene su eterno pañuelo. Miro a mis hermanas, que han cruzado este umbral antes que yo y ahora cada día se alejan más de la vida que conocieron como niñas. Miro a mi mágico hermano mayor, que ha venido hasta nosotros en esta Navidad atravesando medio continente y que ha traído todo lo que tiene y todo lo que es. Todos atrapados en el cuadro vivo de su esmero.
—Cada hombre sigue adelante —dice mi padre tranquilamente, y creo que se refiere a Papá Noel—, pero no es necesario afligirse porque deja cosas buenas detrás.

© Traducción del inglés por Fernando Nápoles Tapia.

[En la imagen: Antonello da Messina: San Gerolamo nello studio [San Jerónimo (patrón de traductores e intérpretes) en su estudio], c. 1774–1775, óleo sobre madera.]

viernes, 30 de julio de 2010

Rincón de Lecturas: Alice Munro

Rincón de Lecturas es una sección de este blog para publicar textos. Incluyo en esta ocasión un cuento de la escritora canadiense Alice Munro (1931). Mi traducción del texto original de “The Found Boat” (1974) [El bote hallado], aportado a la redacción de la revista Casa de las Américas por Keith Ellis, seleccionador de los textos, fue publicada originalmente en un número especial dedicado a Canadá (Casa, no. 220, julio-septiembre de 2000, pp. 54–61).

El bote hallado

Al final de las calles Bell, McKay y Mayo, estaba la Inundación. Era el río Wawanash, que cada primavera desbordaba sus márgenes. Algunas primaveras, digamos una de cada cinco, inundaba los caminos por esa parte del pueblo, se extendía sobre los campos y formaba un lago poco profundo y agitado. La luz reflejada por el agua hacía que todo pareciera brillante y frío, como ocurre a los pueblos junto a los lagos, y despertaba o revivía vagos temores de desastre entre la población. Sobre todo, durante las horas finales del mediodía y las primeras del atardecer, había gente que salía a vagar en torno a él para observarlo y discutir si el nivel de las aguas seguía subiendo o si en esta ocasión invadirían el pueblo. En general, los menores de quince y los mayores de sesenta y cinco años estaban completamente seguros de que así sería.

Eva y Carol salieron en sus bicicletas. Abandonaron la carretera —estaban al final de la calle Mayo, más allá de las últimas casas— y penetraron en un campo, cruzando sobre una cerca de alambres totalmente aplastada por el peso de la nieve invernal. Bordearon el agua brevemente hasta que las hierbas altas se lo impidieron, y entonces dejaron tiradas las bicicletas y se metieron en el agua.

—Tenemos que encontrar un tronco y montarnos el él —dijo Eva.

—¡Jesús! Se nos van a congelar las piernas.

—¡Jesús! Se nos van a congelar las piernas —repitió uno de los muchachos que se encontraban también en el borde del agua. Lo dijo con un gimoteo agrio, a la manera como los niños imitan a las niñas aunque no se pareciese en nada a como éstas hablan realmente. Estos muchachos —había tres— estaban todos en la misma aula que Eva y Carol, y ambas los conocían por sus nombres (Frank, Bud y Clayton), pero ellas, que los habían visto y reconocido desde a carretera, ni les habían hablado ni los habían mirado y, ni siquiera, dado muestras de saber que se encontraban allí. Los muchachos parecían estar tratando de construir una balsa con la madera que habían recuperado del agua.

Eva y Carol se quitaron los zapatos y las medias, y vadearon el lago. El aguas estaba tan fría que sintieron el dolor recorrer sus piernas hacia arriba, como si fuera una corriente eléctrica de chispas azules subiendo vertiginosamente a través de sus venas. Sin embargo, continuaron levantando apretadamente las sayas a sus caderas, arremangadas de tal manera que pudieran sostenerlas por delante.

—Mira esas patas de culo gordo vadeando.

—Hijas de puta de culo gordo.

Eva y Carol, naturalmente, se hicieron las desentendidas. Echaron mano a un tronco y se subieron a él, cogiendo un par de tablas que flotaban alrededor para usarlas como remos. Siempre había cosas flotando en la Inundación: ramas, barandas, troncos, madera vieja, a veces hasta calderas, tinas, ollas y cazuelas, y hasta el asiento de un auto o una sillas tapizada, como si la Inundación hubiera pasado por un basurero.

Remaron lejos de la orilla adentrándose en las aguas frías del lago. El agua era totalmente transparente y podían ver la hierba parda nadando en el fondo. «Supongamos que es el mar, pensó Eva.» Pensó en ciudades y en países ahogados. La Atlántida. Supongamos que navegaban en una nave vikinga —las skuta vikingas que surcaban el Atlántico eran más frágiles y estrechas que este tronco en la Inundación— y que tenían kilómetros de mar transparente bajo la proa, y más adelante una ciudad de capiteles, intacta como una joya irrecuperable, en el fondo del mar.

—Ésta es una nave vikinga —dijo—. Y yo soy el mascarón de proa.

Sacó el pecho y estiró el cuello tratando de formar una curva. Hizo una mueca sacando la lengua. Después se volvió y, por primera vez, reparó en los muchachos.

—Oigan, comemierdas —les gritó—. A ustedes les daría miedo venir hasta aquí donde el agua tiene tres metros de profundidad.

—Mentira —le respondieron sin mucho interés. Y era verdad.

Maniobraron el tronco alrededor de una fila de árboles, evitando los alambres de púa flotantes y se metieron en una pequeña bahía formada por una depresión natural de la tierra. En el lugar donde ahora se encuentra la bahía, después se formará una charca llena de ranas cuando haya avanzado más la primavera y, a mediados del verano, el agua ya no será visible. Allí sólo habrá una maraña de juncos y arbustos verdes para poner en evidencia que el fango se mantiene húmedo entre sus raíces. Grandes arbustos, sauces, crecen en las márgenes empinadas de este estanque y todavía sobresalían parcialmente por encima de la superficie del agua. Eva y Carol dejaron que el tronco se deslizara en su interior y vieron un lugar donde había algo trabado.

Era un bote o parte de uno. Un viejo bote de remos con la mayor parte de uno de sus costados arrancado, la tabla que había servido de asiento colgaba de él. Estaba levantado entre las ramas, recostado en lo que hubiera sido una de sus bandas, si todavía le quedaba una banda, y la proa estaba enganchada arriba.

La idea surgió sin consulta previa, simultáneamente:

—Muchachos. Eh, muchachos.

—Encontramos su bote.

—¡Dejen de construir su estúpida balsa y vengan a ver el bote!

Lo que las sorprendió en primer lugar fue que los muchachos realmente vinieron, subiendo a campo traviesa, medio a la carrera, medio resbalando por la ladera, queriendo ver.

—Eh, ¿dónde?

—¿Dónde está? No ve ningún bote.

Lo que las sorprendió en segundo lugar fue que cuando los muchachos vieron realmente a qué bote se referían —aquella vieja ruina hecha pedazos por la Inundación y enganchada en la ramas— no comprendieran que habían sido burlados, que se les había hecho una broma. No dieron muestra de decepción en ningún momento, sino que parecían satisfechos con el descubrimiento, como si el bote estuviera entero y fuera nuevo. Ya estaban descalzos, porque había estado vadeando el agua para conseguir madera, y vadearon allí sin detenerse, rodeando el bote y evaluándolo, sin prestar siquiera una atención insultante a Eva y a Carol, quienes se mecían en su tronco. Las muchachas tuvieron que llamarlos.

—¿Cómo creen que lo van a sacar de ahí?

—De todos modos no va a flotar.

—¿Qué te hace pensar que va a flotar?

—Se hundirá. Glu, glu, glu y se van a hogar.

Los muchachos no respondieron porque estaban demasiado ocupados caminando alrededor del bote, halándolo y haciendo pruebas para ver cómo se podía destrabar con el menor daño posible. Frank, que era el más ilustrado, conversador e inepto de los tres, comenzó a referirse al bote en femenino, amaneramiento que Eva y Carol reconocieron haciéndole muecas de desprecio con sus bocas.

—Está trabada en dos lugares. Tienen que tener cuidado para no hacerle un agujero en el fondo. Es más pesada que lo que ustedes creen.

Fue Clayton el que se subió y liberó el bote. Y Bud, alto y grueso, fue quien soportó el peso sobre su espalda al voltearlo en el agua de modo que pudieron hacerlo flotar apenas y cargarlo a medias hasta la orilla. Todo esto llevó algún tiempo. Eva y Carol abandonaron su tronco y vadearon para salir del agua. Caminaron sobre el terreno para recuperar sus zapatos, sus medias y sus bicletas. No era necesario regresar por esa vía, pero lo hicieron así. Se detuvieron en la cima de la colina, recostadas a las bicicletas. No se fueron a casa, pero tampoco se sentaron o miraron abiertamente. Se detuvieron más o menos una frente a otra, pero echando ojeadas al agua y a los muchachos que luchaban con el bote, como si se hubieran detenido un momento por curiosidad y se hubieran quedado más tiempo que lo que pensaban, para ver en qué terminaba aquel proyecto poco prometedor.

A eso de las nueve, cuando ya casi había oscurecido —oscurecido para la gente dentro de las casas, pero aún no tan oscuro para los que permanecían fuera—, todos regresaron al pueblo, andando por la calle Mayo en una especie de procesión. Frank, Bud y Clayton venía cargando el bote con el fondo hacía arriba, y Eva y Carol caminaban detrás, llevando sus bicicletas de la mano. Las cabezas de los muchachos estaban casi ocultas en la oscuridad del bote invertido, con su olor a madera empapada en agua fría y pantanosa. Las muchachas podían mirar hacia delante y ver las luces del alumbrado público en sus reflectores de latón, un collar de farolas ascendiendo por la calle Mayo hasta alcanzar la columna de alimentación. Doblaron por la calle Burns en dirección a la casa de Clayton, la casa más próxima propiedad del grupo. Éste no era el camino a casa para Eva, ni tampoco para Carol, pero siguieron con el grupo. Tal vez los muchachos estaban demasiado ocupados cargando el bote para decirles que se fueran. Algunos niños pequeños estaban fuera todavía, jugando a la pata coja en la acera aunque ya apenas pudieran ver. Por esta época del año, la simple acera era algo novedoso y agradable. Los pequeños se quitaron del camino y vieron pasar el bote con respeto involuntario. Gritaron preguntas tras ellos, queriendo saber de dónde venía y qué se iba a hacer con él. Nadie les respondió. Eva y Carol, igual que los muchachos se negaron a responderles o a mirarlos siquiera.

Los cinco entraron en el patio de Clayton. Los muchachos cambiaron la carga como si fueran a poner el bote en el suelo.

—Mejor dan la vuelta y lo llevan para la parte de atrás, donde nadie pueda verlo —dijo Carol. Eran las mismas palabras que alguno de ellos había dicho desde que entraron al pueblo.

Los muchachos no dijeron nada, pero continuaron, siguiendo un sendero enfangado entre la casa de Clayton y la cerca de tablas inclinada. Depositaron el bote en el suelo del patio.

—Es un bote robado, ¿saben? —dijo Eva, principalmente para impresionar—. Debió de haber pertenecido a alguien. Ustedes lo robaron.

—Entonces fueron ustedes las que se lo robaron —dijo Bud casi sin aliento—. Fueron ustedes las que lo vieron primero.

—Fueron ustedes quienes lo cogieron.

—Entonces fuimos todos. Si uno se busca algún problema, entonces todos tenemos problemas.

—¿Vas a denunciarlos a alguien? —preguntó Carol mientras Eva y ella pedaleaban a casa por calles que estaban oscuras entre las farolas y llenas de los baches de invierno.

—Depende de ti. Si tú no dices nada, yo no digo nada.

—Yo no hablo, si tú no hablas.

Pedalearon en silencio, renunciando a algo, pero nunca insatisfechas.


La cerca de tablas del patio de Clayton tenía intervalos postes que la sostenían, o al menos lo intentaban. Fue en uno de esos postes donde Eva y Carol pasaron varias noches sentadas, satisfechas, pero no muy cómodas. O, por el contrario, simplemente se recostaban contra la cerca mientras los muchachos trabajaban en el bote. Durante las dos primeras noches, los niños del vecindario, atraídos por el ruido de del martilleo, trataron de entrar al patio para ver qué estaba ocurriendo, pero Eva y Carol les cerraban el paso.

—¿Quién les dijo que podían entrar aquí?

—Nadie más que nosotros podemos entrar a este patio.

Las noches se hacían más largas y el aire más templado. El salto de la cuerda suiza comenzaba a adueñarse de las aceras. Más allá, por esa misma calle, había una fila de arces de madera dura que habían sido sangrados. Los niños se bebían la savia tan pronto como caía en las cubetas. La pareja de ancianos propietarios de los árboles, y que tenían intenciones de hacer sirope de arce, salía corriendo de la casa emitiendo sonidos como si estuvieran tratando de espantar cuervos. Finalmente, cada primavera, el anciano saldría al portal y dispararía su escopeta de cartuchos al aire, sólo entonces se detenían los hurtos.

Ninguno de los que trabajaban en el bote se molestó en hurtar savia, aunque todos lo había hecho el año anterior.

La madera para reparar el bote fue recogida de aquí y de allá, por los callejones. Por esta época del año, había cosas tiradas por ahí: tablas viejas y ramas, guantes empapados, cucharas botadas junto con el agua de lavar los platos, tapas de las ollas para hacer pudín que se habían puesto a enfriar en la nieve, y todos los escombros que pueden pasar por un tamiz y sobrevivir el invierno. Las herramientas procedían del sótano de Clayton —restos, probablemente, de la época cuando su padre aún estaba vivo— y, aunque los muchachos no tenían a nadie que los asesorara, parecían resolver más o menos la forma en que se construyen, o reconstruyen, los botes. Frank fue el que se apareció con unos esquemas tomados de libros y de la revista Mecánica Popular. Clayton miró los esquemas y escuchó a Frank leer las instrucciones, y después continuó y decidió a su manera lo que había que hacer. Bud era el mejor con el serrucho. Eva y Carol lo observaban todo desde la cerca, hacían críticas e inventaban nombres para la embarcación. Los nombres propuestos fueron Nenúfar, Caballo de Mar, Reina de la Inundación y Caro-Eva, en honor a sí mismas porque ellas la habían hallado. Los muchachos nunca dijeron cuál, o si ninguno, de los nombres les satisfacía.

Había que calafatear el bote. Clayton calentó una olla de alquitrán en el hornillo y lo llevó afuera. Lo aplicó lentamente, a su manera metódica, sentado a horcajadas sobre el bote invertido. Los otros muchachos aserraban una tabla para hacer un asiento nuevo. Mientras Clayton trabajaba, el alquitrán se enfrió y se endureció hasta que, finalmente, no podía mover la brocha. Se volvió hacia Eva, le tendió la olla y le dijo:

—Puedes ir adentro y calentar esto n el hornillo.

Eva tomó la olla y subió los peldaños de la parte posterior de la casa. La cocina parecía oscura desde el exterior, pero debía de haber suficiente luz para ver porque allí estaba la madre de Clayton, de pie frente a su tabla de planchar. Hacía ese trabajo para vivir: lavaba y planchaba.

—Por favor, ¿puedo calentar la olla de alquitrán en el hornillo? —preguntó Eva, quien había sido educada para hablar cortésmente con las personas mayores, incluso con las lavanderas, y que por alguna razón quería dejar especialmente una buena impresión en la madre de Clayton.

—Entonces, tienes que atizar el fuego —dijo la mujer como si tuviera duda de si Eva sabía cómo hacerlo.

Pero Eva podía ver bien ahora y levantó la tapa con una agarradera, cogió el atizador y avivó la llama. Revolvió el alquitrán mientras se ablandaba. Se sentía un ser privilegiado. Entonces y después. Antes de dormirse, la imagen de Clayton vino a su mente. Lo vio sentado a horcajadas sobre el bote, calafateando con mucha concentración, delicadeza, absorción. Pensó que él le hablaba como era debido, fuera de su aislamiento, con una voz normal y tranquila.


El 24 de mayo, día feriado a mediados de la semana, trasladaron el bote a las afueras del pueblo, en esta ocasión por la ruta más larga, lejos de la carretera, sobre campos y cercas que habían sido reparadas, hasta donde el río corría en su cauce normal. Eva, Carol y los muchachos se turnaron para transportarlo. Fue botado al agua desde una ribera pisoteada por las vacas, entre unos arbustos de sauce que acababan de de echar hojas nuevas. Los muchachos salieron primero en él. Gritaron su triunfo cuando el bote flotó, cuando navegó milagrosamente corriente abajo. El casco del bote estaba pintado de negro por fuera y de verde por dentro. Los asientos eran amarillos y una franja amarilla rodeaba sus costados. No había nombre después de todo. Los muchachos no podían imaginar que necesitaba algún nombre para ser distinto del resto de los botes del mundo.

Eva y Carol corrían junto a la ribera cargando cartuchos llenos de bocadillos de mantequilla de maní y mermelada, encurtidos, plátanos, pastel de chocolate, papas fritas a la inglesa, galletas de trigo sin cerner untadas con sirope de maíz y cinco botellas de gaseosa para enfriar en el río. Las botellas golpeaban sus piernas. Gritaron para que les dieran una vuelta.

—Si nos dejan, son unos bastardos —dijo Carol, y gritaron juntas—: Nosotras fuimos las que lo encontramos. Nosotras lo encontramos.

Los muchachos no respondieron, pero después de un rato trajeron el bote, y Carol y Eva rodaron con estrépito y jadeantes por la ribera.

—¿Hace agua?

—Todavía no.

Se nos olvidó traer una lata para achicar —se lamentó Carol, aunque, sin embargo, se metió en el bote con Eva mientras Frank las empujaba hacia la corriente gritando:

—Ahí va por un Sepulcro Mojado.

Y la cuestión de estar en un bote era que no se mecía sólidamente como un tronco, sino que estaba ahuecado en el agua de modo que navegarlo no era como estar sobre algo en el agua, sino como estar en la misma agua. Pronto todos entraban y salían del bote por turnos mixtos: dos muchachos y una muchacha, dos muchachas y un muchacho, una muchacha y un muchacho, hasta que las cosas estaban tan confusas que era imposible decir a quién le tocaba el siguiente turno y, además, a nadie le importaba ya. Fueron río abajo y los que ya no iban en el bote corrían a lo largo de la ribera para alcanzarlo. Pasaron bajo dos puentes, uno de hierro y otro de hormigón. En una ocasión vieron una carpa grande descansando tranquilamente y les pareció que le sonreía desde al agua sombreada por el puente. No sabían lo lejos que habían navegado por el río, pero las cosas habían cambiado: el agua era menos profunda y la tierra más llana. A través de un campo abierto vieron un edificio que parecía una casa abandonada. Halaron el bote sobre la ribera, lo amarraron y emprendieron el camino por el campo.

—Ésa es la vieja estación —dijo Frank—. La estación Pedder.

El resto había oído mencionar el nombre, pero él era el que la conocía porque su padre era el agente de la estación en el pueblo. Dijo que ésta era una estación en una ramal ferroviario que había sido arrancado, y que hacía tiempo allí había habido un aserradero.

Estaba oscuro y fresco dentro de la estación. Todas las ventanas estaban rotas. El cristal yacía fragmentado sobre el piso en pedazos bastante grandes. Caminaron dentro buscando los pedazos de cristal más grandes para pisotearlos y quebrarlos. Era como romper el hielo de los charcos a pisotones. Algunos tabiques estaban todavía en su lugar y se podía ver dónde había estado la ventanilla de venta de los pasajes. Había un banco volcado sobre uno de sus lados. La gente había estado allí. Parecía como si la gente visitara el lugar con frecuencia, aunque estuviera alejado de todas partes. Había botellas de cerveza y de gaseosa tiradas por todas partes y cajas de cigarrillos, y envolturas de goma de mascar y caramelos, y el papel que envolvía una barra de pan. Las paredes estaban cubiertas con letreros opacos y recientes hechos con lápiz o tiza, o grabados con un cuchillo:

«Amo a Ronnie Coles»
«Quiero templar»
«Kilroy estuvo aquí»
«Ronnie Coles es un mierda»
«¿Qué haces aquí?»
«Esperando un tren»
«Dawna Mary-Lou Barbara Joanne»

Resultaba emocionante estar dentro de ese lugar grande, oscuro y vacío con el ruido del cristal cuando se rompe y sus voces resonando como un eco desde la parte inferior del techo. Vaciaron las viejas botellas de cerveza entre sus labios. Eso les recordó que tenían hambre y sed, y despejaron un espacio en el medio del piso y se sentaron a comerse el almuerzo. Se bebieron las gaseosas tal como estaban, tibias. Se comieron todo lo que había, y lamieron los restos de mantequilla de maní y mermelada del papel de envolver los panes en que habían traído los bocadillos.

Jugaron a decir la verdad y a atreverse.

—¿A que no te atreves a escribir en la pared «soy un asno estúpido» y firmarlo con tu nombre?

—Di la verdad, ¿cuál es la mayor mentira que has dicho?

—¿Te measte alguna vez en la cama?

—¿Has soñado alguna vez que andabas sin ropas por la calle?

—¿A que no te atreves a salir afuera y mear la señal ferroviaria?

Era Frank el que tenía que hacerlo. No lo podían ver, ni siquiera su espalda, pero sabían que lo hizo. Oyeron el sonido del siseo de la orina. Todos permanecieron quietos, asombrados, incapaces de imaginar cuál sería el nuevo desafío.

—¿A que no se atreven todos…? —dijo Frank desde la entrada—. ¿A que no se atreven… todos…?

—¿A qué?

—… a quitarse toda la ropa.

Eva y Carol gritaron.

—El que no lo haga tiene que caminar, tiene que gatear, por todo este piso sobre sus manos y sus rodillas.

Todos permanecieron callados hasta que Eva dijo, casi complaciente:

—¿Qué hay que quitarse primero?

—Los zapatos y las medias.

—Entonces tenemos que ir afuera. Aquí hay muchos cristales.

Se quitaron los zapatos y las medias en la entrada, en el repentino sol deslumbrante. El campo que se extendía ante ellos estaba tan brillante como el agua. Corrieron por donde habían estado los rieles.

—Ya es suficiente. Ya es suficiente —dijo Carol—. ¡Cuidado con los cardos!

—¡Camisas y blusas! ¡Todo el mundo a quitarse camisas y blusas!

—¡Yo no! Nosotras no, ¿verdad, Eva?

Pero Eva estaba dando vueltas y más vueltas al sol donde había estado la vía férrea.

—¡No me importa! ¡No me importa! ¡A decir la verdad o atreverse! ¡A decir la verdad o atreverse!

Se desabotonó la blusa mientras daba vueltas y como si no supiera lo que hacía su mano, la lanzó lejos.

Carol se quitó la suya.

—¡Yo no lo hubiera hecho si tú no lo haces!

—¡Los pantalones y las faldas!

Esta vez nadie dijo una palabra. Todos se inclinaron y se desnudaron. Eva, que fue la primera en hacerlo, comenzó a correr por el campo, y después todos la siguieron. Los cinco corrieron desnudos a través de la hierba caliente a la altura de las rodillas, corrieron en dirección al río. No les importaba si los sorprendían, sino de hecho saltaban y gritaban para llamar la atención, si había alguien para oírlos o verlos. Se sintieron como si fuesen a saltar de un precipicio y volar. Sentían que algo diferente a lo que les había sucedido antes les había ocurrido ahora. Tenía que ver con el bote, el agua, el sol, la vieja estación en ruinas y con ellos mismos. Ahora pensaron en los demás apenas como nombres o como personas, sino como chillidos repetidos, reflejos, todos audaces y blancos y ruidosos y escandalosos, y tan veloces como flechas. Entraron corriendo sin descanso al agua fría y, cuando el nivel les llegó a la parte superior de los muslos, se lanzaron a nadar. Eso detuvo su bullicio. El silencio, el asombro cayeron sobre ellos con ímpetu. Se hundieron y nadaron, y se apartaron, hábiles como visones.

Eva se irguió en el agua, el pelo chorreando, el agua corriéndole por el rostro. El agua le daba por la cintura. Estaba parada sobre dos piedras pulidas, con los pies bien separados, el agua corriendo entre sus piernas. Como a un metro de distancia, Clayton se incorporó y ambos se quedaron parpadeando, para escurrir el agua de sus ojos, mirándose uno al otro. Eva no se volvió ni intentó ocultarse. Estaba temblorosa de frío, pero también sentía orgullo, vergüenza y euforia.

Clayton sacudió su cabeza con violencia, como si quisiera lanzar algo hacia fuera, se inclinó y se llenó la boca con el agua del río. Se paró de nuevo con las mejillas hinchadas por el agua y dirigió un chorro hacia ella como si saliera de una manguera. Golpeándole exactamente, primero un seno y después el otro. El agua de su boca recorrió todo el cuerpo de Eva. Clayton lanzó una risotada al verlo, un sonido alto y cohibido que nadie hubiera esperado oír de él. Los demás miraron hacia ellos desde donde estaban metidos en el agua, y se acercaron para ver.

Eva se agachó y se deslizó bajo el agua, dejando sumergida la cabeza. Nadó y, cuando sacó la cabeza corriente abajo, Carol venía tras ella y los muchachos estaban sobre la ribera, corriendo ya sobre la hierba, mostrando sus espaldas delgadas y sus nalgas blancas y planas. Se reían, diciéndose cosas unos a otros, pero ella no los podía oír, porque el agua llenaba sus oídos.

—¿Qué hizo? —preguntó Carol.

—Nada.

Se arrastraron hasta la orilla.

—Vamos a quedarnos entre los arbustos hasta que se vayan —dijo Eva—. De todas formas los odio. De veras. ¿Tú no los odias?

—Claro —dijo Carol y esperaron, no por mucho tiempo, hasta que oyeron a los muchachos, todavía bulliciosos y emocionados, dirigirse hacia el lugar un poco más corriente arriba, adonde había dejado el bote. Los sintieron saltar a la embarcación y empezar a remar.

—Les toca la peor parte. Regresar —dijo Eva, abrazándose y temblando violentamente—. ¡Qué importa! Después de todo el bote no era nuestro.

—¿Y si cuentan lo que hicimos? —dijo Carol.

—Decimos que todo es mentira.

Eva no había pensado en esa posibilidad hasta que lo dijo, pero, tan pronto lo había dicho, se sintió casi alegre de nuevo. La naturalidad y lo ridículo de todo las hizo reír como unas tontas, y dándose palmadas y salpicando agua salieron del río. Empezaron entonces a dar rienda suelta a unos de esos ataques de risa que, tan pronto una mostraba signos de agotar, la otra emitía un bufido que lo iniciaba de nuevo. Ambas se miraban con expresiones de incapacidad para parar aquella risa —incapacidad muy pronto verdaderamente auténtica— y se doblaban en dos, y se agarraban el vientre, como si sintieran el más atroz de los dolores.

© Traducción del inglés por Fernando Nápoles Tapia

[En la imagen: Antonello da Messina: San Gerolamo nello studio [San Jerónimo, (patrón de traductores e intérpretes) en su estudio], c. 1774–1775, óleo sobre madera.]

viernes, 14 de mayo de 2010

Rincón de lecturas: Mavis Gallant

Rincón de Lecturas es una sección de este blog para publicar textos. Incluyo hoy un cuento de la autora canadiense Mavis Gallant (1922). Mi traducción del texto original de «The Sunday After Christmas» (1967) [El domingo después de Navidad], aportado a la redacción de la revista Casa de las Américas por Keith Ellis, seleccionador de los textos, fue publicada originalmente en un número especial dedicado a Canadá (Casa, no. 220, julio-septiembre de 2000, pp. 48–51). Este cuento de Mavis Gallant fue incluido en la interesante colección de Barry Callahan: Canadian Travellers in Italy, Exile Editions, 1989.

El domingo después de Navidad

A las cuatro menos cuarto, el sol se ocultó tras una montaña. El valle se oscureció a nuestros pies como si un ave gigantesca hubiera acabado de extender sus alas. En un instante, comprendí lo que mi madre quiere decir cuando se queja de que le transmito la sensación de estar fuera del mundo animado. Nosotros dos, y la muchacha estadounidense que ella había invitado, permanecíamos en la terraza entre el telesquí y el restaurante. Pude ver, en la medida en que las luces del restaurante se hacían más intensas, cómo la muchacha miraba rápidamente, casi con melancolía, en dirección a las ventanas empañadas y la cafetera silbante.

—¿Quieren entrar? —dijo la nueva amiga de mi madre—. Hace un poco de frío, ahora que el sol se ha ocultado.

Mi madre hizo un movimiento brusco y festivo al virarse hacia mí, como si ésta fuera una de los centenares de decisiones festinadas que tomáramos juntos. Resulta extraordinario cómo, en Italia, se transforma en una inglesa excéntrica —pelo suelto, espejuelos ladeados, demasiado amistosa con el camarero a la hora del desayuno, pero inesperadamente irascible si un niño roza su silla—. «¿No viste, Harold? Esa bestezuela tropezó conmigo a propósito.» Para, una hora más tarde, estar dispuesta a contarle la historia de mi vida a la bestezuela y cómo yo era cuando tenía esa edad. Su codicia de la gente la hace querer parecer atrayente para casi cualquiera —un niño o un camarero, o esta misma muchacha, cuya carencia de encanto y de misterio hacían que me pareciera algo así como un gran cartel colorido—. Mi madre le tiene pavor a estar sola conmigo. Al final del mediodía, cuando dice de repente: «Debes sentir frío», queriendo decir que es ella quien lo siente, y lo recogemos todo y empezamos a regresar lentamente hacia el hotel, tengo la sensación de percibir su pánico. Los minutos de oscuridad entre el mediodía y la noche transcurren lentamente. Mira a hurtadillas su reloj. Se imagina que ha estado caminando junto a mí por una calle en penumbras durante años. Para llamar y retener mi atención camino a casa, comenta todo lo que ve —los parches de nieve que se conservan curiosamente suspendidos en una contraventana; la gente que esquía hasta muy tarde en las laderas distantes, semejantes a figuras hechas con fósforos; la inexpresividad de esos fósforos—. «Mira», me dice para llamar mi atención sobre las bayas rojas, el musgo verde, las hayas, un enebro, los juncos congelados en un arroyo negro, el penacho de hierba sobre la nieve. No soy un hombre viejo en una pelliza forrada de piel. No me está llevando en mi silla de ruedas. (De hecho, yo pudiera estar cargando sus esquís.) No estoy cegado por la nieve. Pero debo parecer todas esas cosas a sus ojos. Soy paralítico, anciano, estoy inmerso en la oscuridad, soy un viejo que ella divierte con las migas de la vida porque una parte de él se está muriendo, y hasta una muerte parcial debe parecerle como la de ella. «¿Por qué no me hablas?», me decía antes. Ya rebasó ese tipo se súplicas. Sabe que puedo escuchar su pensamiento, de modo que no es necesario hablar. Para responder las oraciones silenciosas en su mente, le respondo: «Sí, pero si ese viejecito se muriera, tú por lo menos estarías libre. ¿No es así?»

—Ay, Harold —me contesta—, tu padre está muerto, querido. Y nunca fue viejo.


Había llovido hasta poco antes de Navidad. Sólo había nieve profunda en las laderas más altas, marcadas difficile en el mapa de nuestro hotel. Tomábamos una telesilla hasta la misma cumbre todos los días y bajábamos a las cuatro en punto. La oí decirle a su más reciente amiga estadounidense cómo acostumbraba venir a esta aldea hacía años con mi padre y sin mí. Podía recordar carros eléctricos con la forma de botes cisne en que la llevaban a pasear cuando era pequeña. Le hubiera gustado esquiar montaña abajo hasta la aldea, pero ya casi nadie lo hacía. Las rutas de esquí eran demasiado cortas, interrumpidas por muros de piedra y limitadas por árboles muy juntos. Más abajo no había nieve, excepto en un sendero de arrieros, que era duro y helado, y que seguía el cause de un arroyo montañés. Le hubiera gustado hacer el intento, dijo, si hubiera habido alguien con quién ir. No se sentía lo suficientemente confiada como para intentarlo sola. Supongamos que se fracturaba una pierna y se quedaba tirada ahí durante horas sin auxilio. Una fractura a los cincuenta es una cosa seria. Podría no volver a caminar nunca sin cojear. Sus manos temblaban cuando ofreció lumbre para encender el cigarrillo de la muchacha y después encendió el suyo.

—Harold permanece sentado durante horas, mientras haya sol —dijo—. No siente ni frío ni calor. Quiso tener un equipo maravilloso, pero no lo usa. Ya no insisto.

La nueva muchacha, quien había dicho que se llamaba Sylvia, se quitó su gorro tejido. El pelo oscuro cayó sobre los hombros de un suéter blanco. Tenía lugar un intercambio de chismes íntimos, la alternativa de la amistad para mi madre. La muchacha dijo con mucha naturalidad: «No parece haber ningún tipo de fricción entre ustedes, pero mi madre nunca me deja en paz. A veces, he viajado con ella y no es cosa de risa. Bebe demasiado y se vuelve escandalosa. Desayuna en el bar y le hace un montón de preguntas al cantinero, cosas que nunca haría estando en casa.»

—Creo que yo soy siempre la misma —gritó mi madre, como algo que se grita en una fiesta.

—Lo siento mucho por ella —continuó la muchacha—. Necesita tener toda la vida de alguien para sí, y eso nunca lo ha tenido.

—¿Ni siquiera la de tu padre? —preguntó mi madre.

—Él la cuidó, pero no le dedicó toda su vida. Nadie tiene derecho a tener una vida adicional.

Su mirada pura y sin gracia se posó en cada uno de nosotros. Su mirada era una prédica dirigida a nosotros. Uno de los dos estaba siendo advertido. «Viví con ella durante un año después de la muerte de papá. Ahora tengo que dejarla. Vine hasta aquí para no pasar la Navidad con ella. Se tiene que acostumbrar. Es una especie de terapia de choque.»

—Bueno, eso es muy fuerte de tu parte —dijo mi madre—. ¿No es cierto, Harold? Pero, ¿en realidad te marchas pronto? ¿No puedes quedarte hasta después de la víspera de Año Nuevo? Pudiera ser que no volvieras nunca más por aquí.

Podía oírla pensando: «No te vayas. Quédate. ¿Acaso es mucho pedir que me concedas dos o tres días? Le diste un año a tu madre.»

«Amo a mi madre y tú me importas un comino», oí que la muchacha contestaba.

—No, debo regresar —respondió ella.

Mire las luces que colgaban en hileras a lo largo de la calle, y las luces que se movían lentamente del área de estacionamiento al pie del teleférico. Vi que la muchacha se estremecía, como si sintiera esa gran ala cruzar apresurada sobre el valle.

—No puedo bajar —dije.

—Claro que no puedes —dijo mi madre. Su pequeño rostro de albaricoque parecía alegre—. Vamos a bajar en el teleférico.

—Tampoco puedo bajar en la telesilla. No puedo bajar de ninguna manera —le dije.

Es el soroche —dijo mi madre mientras hacía movimientos circulares con su cigarrillo, como si quisiera mostrar lo que significa el vértigo—. Se le pasará dentro de un minuto. Sólo hay que esperar. ¡Qué molestia para ti! —exclamó, dando por sentado, por supuesto, que la muchacha no se sentiría en libertad de abandonarnos allí.

—¿No deberíamos entrar? —dijo la muchacha, atraída de nuevo por la luz cálida.

—Me temo que él querrá permanecer fuera.

—Oh, bueno, podemos tomar café de todos modos —dijo la muchacha—. Nos estamos congelando.

Entró en el restaurante y la vi apoyarse en el mostrador señalando con el dedo unas barras de chocolate y deseando no haber hablado nunca con nosotros. Un club de esquiadores de Turín llenó el lugar. Eran gente bulliciosa como monos, que ordenaba bebidas calientes y alimentos, y se peinaba frente a un pequeño espejo. Vi a la muchacha sonreírles mientras esperaba el café, pero esa gente estaba demasiado repleta de sí misma como para reparar en una extraña.

—No puedo creerlo —me dijo mi madre—. Hoy no hay nada mal en ti. Estás perfectamente bien. Estás fingiendo, fingiendo.

La voz se le quebró con su hábito de repetir la misma palabra dos veces. Estaba decepcionada como una niña con la muchacha. Traté de razonar con ella: ¿acaso Sylvia era su nombre? A mí no me parecía un nombre estadounidense. De hecho, ése era el nombre de una de mis tías. Pero ya a esa hora mi madre me había dejado solo y se había reunido con la muchacha. Sobre el mostrador había una bandeja con tres tazas. Mi madre estaba hablándole de mí: «Sabes, tuvo una experiencia insólita», le decía. «Formaba parte de un grupo de estudiantes universitarios de visita en un hospital grande. Mientras esperaban por la visita dirigida, una enfermera le dijo a Harold que aquel lugar se encontraba bajo la dirección de un médico sumamente excéntrico que llevaba a cabo experimentos en niños y jóvenes, y que Harold y sus amigos serían las nuevas víctimas. Los pacientes, cuando sobrevivían, cambiaban tanto su carácter que ya no estaban aptos para la vida en el mundo exterior. “¿No viste las cicatrices en los cuellos de los niños pequeños que están jugando fútbol allá fuera?”, le dijo la enfermera. Le aconsejó que no luchara; que no había nada que él pudiera hacer. Harold discutió a favor de su libertad. Sus argumentos se centraban en dos cuestiones: que era joven y tenía derecho a vivir, y que todavía no había decidido lo que quería hacer y necesitaba tiempo para saberlo. Le parecía imposible que la enfermera no pudiera entender eso. Ella era una persona seria, una muchacha buena. Salieron del edificio y se sentaron a discutir su vida en un banco situado frente al campo de juego. De pronto, en un segundo, estaba claro que la enfermera se había dejado convencer por los argumentos de Harold y lo había traído fuera a propósito, y, justo en el momento en que Harold lo comprendió, ella le dijo: “Corre por tu vida.” Sus reflejos eran muy lentos, pero debió de haberse sobrepuesto y sí corrió a través de los jugadores hacia la libertad y a la carretera exterior, y a su propia casa, donde estaría seguro, seguro.»

Meneó la cabeza mientras repetía la última palabra. Yo no pensé, ni supuse, ni imaginé lo que estaba diciendo. Lo sabía. Entonces debió decir: «Simula que he dicho algo gracioso», porque la muchacha se rió y todavía estaba recordando su risa cuando tomó la bandeja y me la trajo fuera.

—Estaba contándole a Sylvia —dijo mi madre— acerca de la Misa de Gallo donde tenían animales vivos y cómo el sacerdote dijo que el macho cabrío era la encarnación de Diablo y que era necesario sacarlo, y que el macho se soltó y después todos los aldeanos dijeron que habían visto al Diablo, lo habían visto realmente, con sus ojos llameantes.

—Me hubiera gustado ver eso —dijo la muchacha con una curva ascendente en la entonación, como si fuera una media pregunta, como si me estuviera dando un motivo para hablar. Ya yo estaba pensando hacer el viaje de regreso abajo y pensando sobre el ligero susurro del cable.

—Ahora él está bien —dijo mi madre.


Abajo en el valle, como era domingo, todos, excepto los visitantes, parecían solemnes y poco amables. Parecía un día contrario a la naturaleza, que era necesario vivir con ropas formales, con vestuario de fiesta. Los hombres llevaban gruesos mostachos con las puntas hacia arriba, sombreros de fieltro negro y calzones cortos. Parecían distinguidos y sosegados, y nada parecido a la idea que la muchacha se había hecho de los italianos, la oí decir. Se acercó a mi madre y repitió que antes de venir aquí no había conocido que los italianos podían ser pacientes o naturalmente elegantes, ni que tenían una clase media educada. En su mente (en realidad ni siquiera había pensado nunca en eso), había venido a un país a lo Rossellini o De Sica.

Mientras decía eso, también me estaba preguntando a mí: «¿Fue un sueño? ¿Tuviste realmente una experiencia como ésa? Si fue un sueño, ¿por qué no me lo dijo?»

—Fue una larga experiencia que duró mucho más de un año.

—¡Harold! ¡Harold! —exclamó mi madre mirando a la muchacha, no a mí.

Habíamos llegado al hotel de la joven y la larga despedida en que mi madre iba a insistir sería, a sus ojos, una amistad de un minuto más. «¿Te vas porque no hay nieve suficiente?», le preguntó. «Habrá una misa el día de Año Nuevo para rogar que nieve. Dicen que todos los propietarios de hoteles y los tenderos están contribuyendo.»

En la visión pobre y limitada que mi madre tenía de los acontecimientos futuros (de un lapso no mayor de tres o cuatro días), ella y su nueva amiga caminaban a la luz de la luna. Vega estaba brillante y azul como un diamante en el cielo del hemisferio boreal. Sus sombras eran duras y negras como si hubiesen sido cortadas con cuchillos.

—El macho cabrío, por supuesto, el macho cabrío —dije—. «No te muevas» —le dije a Mamá—. «Cuando el macho cabrío vea la cruz, seguro que va a sentir pánico.»

—Yo nunca me muevo de ningún modo —mi madre le dijo a Sylvia para prolongar la despedida—. Nada me hace moverme.

Sonrió, y aun después de que la muchacha se había alejado para siempre, mantuvo la sonrisa viva.

© Traducción del inglés por Fernando Nápoles Tapia

[En la imagen: Antonello da Messina: San Gerolamo nello studio [San Jerónimo (patrón de traductores e intérpretes) en su estudio], c. 1774–1775, óleo sobre madera.]

viernes, 4 de diciembre de 2009

Traducciones canadienses

No hay fronteras estancas al paso de las ideas, ni siquiera las que se creen más herméticas. Al menos, no ante los gestos de amistad. Me acaba de llegar, vía La Habana-Florencia-Barcelona, un número atrasado de la revista Casa de las Américas (no. 220, julio-septiembre de 2000) que manos amigas me rescataron del olvido. En él se publicaron mis “traducciones canadienses”, que incluyen cinco cuentos de Mavis Gallant (1922), Alice Munro (1931), Leon Rooke (1934), Alistair MacLeod (1936), Barbara Gowdy (1950) y un guión cinematográfico de David Cronenberg (1943). Fueron publicados en ese número monográfico dedicado a Canadá, en la sección “Textos canadienses / Letras” recopilada por Keith Ellis e ilustrados por Michael P. Callahan.

Estas traducciones son:
1. Mavis Gallant: “El domingo después de Navidad” [The Sunday After Christmas] (pp. 48–51)
2. Alice Munro: “El bote hallado” [The Found Boat] (pp. 54–61)
3. Leon Rooke: “El juez: arte de llanuras altas [The Judge: High Plains Art] (pp. 76–79)
4. Alistair MacLeod: Hay una estación para todo [To Everything There’s a Season] (pp. 82–86)
5. Barbara Gowdy: “Raras veces consideramos el amor” [We So Seldom Look on Love] (146–154)
6. David Cronenberg: “La cámara” [Camera] (pp. 113–117).

Casa de las Américas publicó además, en un número posterior (223, abril-junio de 2001), mi traducción del ensayo de la profesora estadounidense Roxanne Dunbar-Ortiz (1938): "James Joyce y la tradición revolucionaria anticolonialista" [James Joyce and the Tradition of Anti-Colonial Revolution] (pp. 44-59).

[En la imagen: Portada de la revista Casa de las Américas, no. 220, año xli, julio-septiembre de 2000, ilustrada por Michael P. Callahan.]